03 de marzo de 2013

Hoy mi fantasía te convirtió en un nómada del desierto, orgulloso, arrogante, altivo, al menos eso es lo que veía la orgullosa, arrogante y altiva mujer de una tribu rival en que aparecía convertida yo; Ya sabes cómo es,  el juego de la seducción del que alguna vez hablamos para luego negarlo o desdeñar (aparentemente) a la persona a la que queríamos seducir. Un grave error sin duda.

Yo hacía eso contigo sin conocer aun realmente el alcance de tu poder; me sentía segura y protegida por eso jugaba sin medir las consecuencias; como una niña caprichosa e inconsciente. Demasiado caprichosa incluso para seguir o atender los consejos de mis mayores, lo que me hacía arriesgarme a diario enojando a quien no debía o metiéndome en situaciones en cierto modo peligrosas que no siempre iba a poder controlar, y eso, la pérdida del control sobre mi vida, lo tenía que aprender de ti.

Un día mis temeridades se aliaron contigo y durante una escapada al desierto, me perdí; si, justo en tu terreno... y a partir de ahí, la historia de mi vida cambia por completo.

Me encontraste casi al borde de la muerte y me rescataste para conseguir que me recuperara primero y para lograr doblegarme después en todos los sentidos. Me cuidaste o hiciste que me cuidaran durante días como nadie lo había hecho nunca para luego exigirme más de lo que creía posible dar, por las buenas o por las malas...  

-Estás en mi poder, eres mía.

-¡Ni lo sueñes! ¡Exijo que me devuelvas con los míos!

-¿Exiges?, ¿tú exiges?

- Si

-No lo entiendes, ¿verdad? Nadie sabe que estás aquí, nadie va a negociar o a tratar de rescatarte, te han dado por muerta y yo puedo hacer que esto siga así el tiempo que me plazca.

-Pero tú no quieres tenerme aquí…

- Huummmmm  ¿quién sabe? A lo mejor te convierto en mi esclava…

- ¡Eso ni lo sueñes! Antes muerta

- Ya me debes la vida, es justo que ahora me la dediques.

- Estas loco…

- Por las buenas será más placentero para ti, pero tú  eliges…

- Nunca, óyeme bien, ¡Nunca seré tuya!  Y si me quieres esclava, no será por las buenas

- Bien, entonces que sea por las malas…

 

 

No sé si al principio me rescataste para devolverme a mi tribu, tal vez fue mi actitud altiva y exigente lo que te dio la idea de hacerme "pagar" por los gastos que generó mi curación y mi mantenimiento. Te fuiste apoderando de todo, mi tiempo, mi trabajo, mi mente, mi cuerpo... siempre te debía algo que mi orgullo me obligaba a querer pagarte.

Y así me fui envolviendo, no sin tu ayuda en un mundo de esclavitud del que renegaba a menudo de palabra, pero que iba arraigando con fuerza dentro de mí convirtiéndome en una mujer distinta para siempre.

Rara vez me dirigías la palabra, lo que era un alivio y un castigo a la vez, tenía que servirte junto con otras de tus esclavas y sirvientas como si fuera una de ellas, sin diferencias de trato, devoción, respeto u obediencia hacia ti.

¿Cuántos castigos de corrección me costó aprender y aceptar eso? Tantos que no consigo enumerarlos todos; azotes con diferentes instrumentos, encierros, privaciones de agua o alimento para doblegar mi cuerpo y a la vez mi estúpido orgullo...

Los castigos más duros siempre los ejecutaste personalmente tú, lo que me hacía sentir más humillada si cabe. Así descubrí que te complacía debilitar mi cuerpo y mi rebeldía con tu poder, pero que tratabas de no desposeerme de toda mi dignidad o mi carácter.

Cuando me negaba a trabajar y me castigabas, ponías cadenas en mi cuello, mis manos o mis pies, eras más duro, más constante en tu vigilancia, más extremo en la corrección de los errores. Gozabas de humillarme constantemente de mil formas, física y moralmente, pero sin tratar de hundirme en un pozo del que no pudiera salir, eso sí, más dócil a cada momento para ti.

Eras justo e injusto. Yo te sentía enorme y poderoso y, sin saber muy bien cómo ni porque, iba sintiéndome cada día más humilde en tu presencia, hasta que una mañana me sorprendí a mí misma deseando complacerte en lugar de enfrentarme constantemente a ti.

¿Qué me estaba pasando?

Cuando ya hacía tiempo que había olvidado mi nombre a base de no escucharlo, cuando las durezas de mis manos eran más que evidentes, cuando tu desdén al decirme que sería mío solo aquello que fuera capaz de ganarme con esfuerzo, yo no me rebelaba ya, sino que aceptaba todo aquello con absoluta naturalidad sin querer demostrarlo todavía.

Estaba prisionera de tu voluntad, de tus deseos, de tus caprichos y tus perversos juegos, dependía de ti todo lo que me concernía y yo... internamente aprendí a gozar de aquella forma de vida, de manera que cada día tenía menos deseos de ser liberada o escapar… 

 

 

En algún momento dejé de tener miedo de ser tu prisionera y empecé a tenerlo de dejar de serlo,  qué incongruencia, ¿no?  “Quién nada posee, nada tiene que perder, y ve todo como ganancia”.

Aprendí a valorar las cosas más sencillas, todo aquello que antes me parecía natural tener y que jamás había tenido que luchar por ganarme; ¡quién iba a decirme a mí que llegaría a considerar un lujo poder lavarme con jabón y agua templada o comer tres veces al día! O que un sorbo de agua puede saber a gloria, un bocado a algo especial y una mirada de reconocimiento o satisfacción el mejor de los premios… no hablemos ya de una palabra amable… Todo, gracias a ti y tu forma de apoderarte de mí ser, cobraba un significado nuevo.

Y así y todo, aunque la rebeldía fuera menor, conservaba en mí una forma de orgullo diferente, nuevo… el de aprender a satisfacer tus caprichos sin una sola queja.

Hacías conmigo lo que querías, era prisionera o sirvienta, esclava o concubina… no formaba parte del harem, pero algunas veces me usabas. Al principio te despreciaba por ello, poco a poco lo iba valorando más hasta echarlo de menos si no sucedía…

Llegó un momento en que todo dependía de ti; mi alimento, mi bienestar, mis pequeños premios, los castigos si me portaba mal… y lo necesitaba todo, lo bueno y lo malo, lo real y lo irreal…

Pasaba el tiempo, la situación se mantenía, y un día me encontraste llorando, no dijiste nada, sólo me miraste y seguiste tu camino, a la mañana siguiente me mandaste llamar.

     -      Bien, esclava,  has cumplido el castigo que tu desdén, tu vanidad y tu orgullo merecían, me ha sorprendido que lo hayas soportado así, lo admito. Puedes recoger tus pertenencias, dos de mis hombres te llevarán con los tuyos. Eres libre, puedes irte.

¿Qué paso para que en ése momento me echase a llorar desconsoladamente? Tú te quedaste callado, y supongo que interpretaste que eran lágrimas de alivio, de alegría por el fin de mi cautiverio… en cierto modo yo también lo creía así, pero…

     -     Deja de llorar ya, he dicho que eres libre. Vete.

     -     No, por favor, Mi Señor, deja que me quede…

     -   ¿Qué estás diciendo?, ¿Crees que no te he visto llorar? Es hora de que regreses con los tuyos.

     -    No deseo irme, Mi Señor.

     -    ¿Entonces porque llorabas anoche tan amargamente?

      -    Estaba conmovida, Amo, fui torpe e impaciente y otra de sus esclavas vino en mi ayuda para  ahorrarme un castigo.Yo, que lo tuve todo, nunca supe lo que era compartir incluso cuando no se tiene nada, ni siquiera culpa, hasta que me hiciste tu esclava; mi orgullo me impedía ver más allá de mis deseos y caprichos ignorando los de los demás, pero eso ha cambiado aquí, entre tu gente, que en su humildad, es mil veces más rica y generosa de lo que yo lo fui antes.

      -  Tienes que irte porque eres infeliz aquí.

     -   Echo de menos a mi gente, es cierto, Mi Señor, pero no soy infeliz, al principio me empeñé en serlo,     ahora ya no.

     -    Eso es resignación.

     -   Amo, dices que me das la libertad porque me has visto llorar,  ¿Acaso nunca pudiste verme reír rodeada de los niños o los ancianos? ¿con las otras esclavas mientras me enseñaban con aprecio o desprecio a servirte bien para que no te enojaras más?

    -    Muy pocas veces.

    -  He sido infeliz al principio, pero ahora ya no lo soy.

    -  No te creo.

    -   Lo merezco por no decírtelo antes con palabras y confiar en que sabrías verlo en mi actitud. Te lo ruego, Mi Señor, si no quieres verme no me cruzaré en tu camino, me volveré invisible para ti, no volveré a hablar para que mi voz no te perturbe ni moleste.

No me mires, no me hables, no me toques ni me uses si no es tu deseo o si quieres todavía vengarte por el modo en que antes te  traté, pero toma mi libertad, yo no la quiero.

     -  ¿Sabes lo que estás diciendo?

     -  Si. Si antes la tomaste por la fuerza, hoy soy yo quien humildemente te la ofrezco y entrego. Permite que sea tuya para siempre, Mi Señor.

    -   ¿Prefieres ser mi esclava aquí que libre entre tu pueblo?

    -    … Si…-

    -  ¿Por qué? ¿Porque has aprendido a respetar mi autoridad?

   -  Si, y la necesito y la deseo.

   -  ¡¡RETÍRATE!! - rugiste entonces como un león herido - ¡No sabes lo que estás diciendo!

   -  Perdóname, Mi Amo, estoy siendo egoísta y malcriada otra vez. Si deseas que me vaya eso es lo que debo hacer. Todo este tiempo y aún no he aprendido a obedecerte sin protestar, a ser una verdadera esclava… Sigo pensando en mi.

No tengo apenas nada, estaré preparada en una hora, el tiempo que me llevará despedirme de los que me han enseñado tanto aquí. Gracias, Amo por todo lo que me has permitido aprender a tu lado, nunca lo olvidaré.

    -   Está bien, te concedo una hora.

 Me retiro apesadumbrada; he sido tan inconsciente día a día de lo que significaba esto para mí, que no se me ocurrió pensar que algún día querrías liberarme, que se podía terminar.

Pienso…

¿Querías creerme, Mi Amo, o tardé tanto tiempo en entender lo que querías mostrarme con tus enseñanzas que perdiste el interés?

No importa, nada importa ya porque tu voluntad es la que marca mi destino y tú deseas devolverme a una vida que ya no puede ser la mía porque he aprendido a vivir aquí.

 

 

 Recojo mis pertenencias, he de obedecer tu último deseo, el más difícil de todos para mi hasta el momento, pero parte de mi quedará siempre ahí, aunque no me veas o me puedas sentir, acechando tus pasos en la penumbra como tantas veces hice sin que lo notaras…

Las posesiones de una esclava son siempre livianas, las importantes no son cosas materiales, son… sensaciones, pensamientos, palabras calladas, pronunciadas o escuchadas, emociones, penas, sonrisas, caricias, alegrías, silencios, sentimientos que se ocultan aunque se sientan a flor de piel… nada tiene más valor que eso para una verdadera esclava; de todo lo demás puede prescindir.

Por eso recojo lo único que me pertenece, el vestido con que me recogiste en el desierto, todo lo demás pertenece a éste lugar, a ti, como yo hasta hace unos momentos.

Soy libre, y por primera vez en años, soy profundamente infeliz al tiempo que me esfuerzo en obedecerte. Acaricio esas joyas con que te gusta que tus esclavas se engalanen para ti, te gusta la belleza, convertir esclavas en princesas y princesas en esclavas, jugar con todo, gozar con todo y hacer participar a los demás de tus juegos. Las sedas, las gasas transparentes y vaporosas, las brillantes telas que forran las babuchas… los brazaletes, los collares, pendientes… en fin, cosas bellas pero reemplazables siempre.

No puedo evitar sentirme como un ladrón cuando, envuelvo en mi viejo vestido, el collar de esclava que un día ceñiste con tus manos a mi cuello y mis grilletes, ésos que tuviste que utilizar tantas veces para inmovilizarme mientras me castigabas para doblegar mi orgullo, mi arrogancia y mi rebeldía sin sentido.

Tengo miedo, Mi Señor, también por primera vez en mucho tiempo tengo miedo… Temo que mandes revisar mi hatillo porque desconfíes de mí y creas que me llevo algo que no me pertenezca. No creo que pudiera soportar que descubrieras mi pequeño tesoro y me lo quites y ya no pueda conservar nada de ti.

Me voy porque es tu deseo, pero no quiero olvidar lo que fui, lo que soy, lo que tal vez ya seré para siempre; esclava tuya, pero sin ti. ¿De qué sirve una esclava sin Dueño? ¿Qué va a ser ahora de mí? No quiero preguntármelo ni pensar,  tengo que obedecer y lo que sea en adelante, será.

Ya está, no queda nada por hacer, nada por decir, me he despedido de todo y de todos, dos de tus mejores soldados me esperan junto a un caballo ensillado; es hora de irse.

Mientras me acerco a ellos rezo para no verte una última vez, y al mismo tiempo… ¡Lo deseo, lo necesito tanto que te busco en cada rincón! No estás, y en el fondo me alegro, no quisiera incomodarte más y sé que lo haría arrojándome a tus pies y suplicando que me permitas seguir siendo tuya…

Muchas veces desde que comenzó mi cautiverio, Mi Señor, había recreado este momento de mi partida; jamás llegue a imaginar que pudiera sentirme tan triste y desolada al retomar el camino de mi libertad. Esto sí me rompe por dentro más de lo que lo lograron nunca los latigazos o los encierros y privaciones a los que me sometiste mientras fue necesario, pero saldré de tu casa y de tu vida con el orgullo íntimo de saber que obedecí tu voluntad hasta el final, y que esté o no a tu lado, lo puedas ver o no, sé, creo que los dos sabemos que seré tuya para siempre.

Salgo, el sol me ciega, y monto a caballo, lo espoleo…

      -      ¡¡¡Miriam!!!

Lo que es la imaginación, Mi Señor, juraría que he vuelto a escuchar mi nombre después de tanto tiempo y se me hace extraño…

      -    ¡Detente, Miriam!

¡Dios! ¿Los has echado en falta tan pronto? No, por favor, Amo,  sólo son unas cadenas, pero son las mías…

      -    ¡Te ordeno que te detengas!

 No hay error, es tu voz pronunciando mi nombre y sé que no tengo escapatoria, si insisto en huir  te enojarás más y no quiero guardar de ti ése recuerdo. Detengo el caballo, bajo de él y me giro, te veo galopar hacia mí con el látigo corto y fino en la mano, te acercas y yo aprieto el vestido viejo entre mis brazos con aprehensión; te espero abrazada, aferrada a mis recuerdos, con la mirada baja…

      -     Miriam… ¿de verdad quieres ser MIA? ¡Mírame!

Levanto un poco la mirada.

     -   ¡ Más !, alza la cara y mírame a los ojos, quiero leer en los tuyos la verdad. Tienes que  saber que si ahora dices SI, nunca más podrás irte, no volveré a darte la libertad, ¿Lo entiendes?

     -   Si, Mi Señor, lo entiendo.

No puedo sostener tu mirada sin echarme a llorar y vuelvo a bajarla.

     -   Entonces ¿qué decides?

     -   Te entrego mi libertad, no la deseo, quiero ser tuya…

     -    Ven…

Me acerco, tú me levantas la cara, me atrapas en tus ojos y yo apenas puedo verte a través de la mía que se vuelve más liquida por momentos.

      -    Mírame y repite eso.

Saco de entre mi vestido el collar y mis grilletes y te los ofrezco en mis manos abiertas:

      -    Soy tuya, Mi Señor, para siempre si ése es tu deseo.

Pasan unos segundos que se me hacen eternos, secas mis ojos y no apartas los tuyos de los míos, me parece verte sonreír pero tal vez lo imagino…

      -    Si. Ahora, por fin, eres MIA…

Y entonces rozas con tus labios mi piel recoges alguna de mis lágrimas y me susurras bajito:

      -    Mi pequeña fierecilla… Mi Amada Esclava...

Cami.s


Publicado por cami.s @ 3:17  | Relatos
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